Érase una vez: Grodomagedón
El querido vecino y enemigo de cualquier cerdo de bien que quisiese evitarse un par de reclamos caminaba determinadamente por el blanco éter… El vacío entre mundos…
Como ustedes ya sabrán, aquella pequeña bomba de palabrerías es Grodo; conocido por la mayoría de los cerdos que lo visitan por ser increíblemente perfeccionista, susceptible y muy fácil de hacer rabiar… ¡Un auténtico cascarrabias con gran gusto por los muebles finos! Para desgracia de cualquier vendedor telefónico, pero para la absoluta entretención de quien sea que quiera molestarlo gastándole una broma...
Le encanta reclamar por el clima, el tránsito, la política, el tránsito, sus regalos de navidad, el tránsito, la pésima calidad de los artesanos queseros locales, el tránsito, y por sobre todo… Por sus “horrorosos” vecinos… Para él es prácticamente como el oxígeno; rodea todo a su alrededor y, en la abundancia suficiente, lo ocupa para ahogar el aire circundante a cualquiera que intente soportar más de cinco segundos seguidos de sus pataletas (en ocasiones bien fundamentadas, y en otras no tanto).
En esta ocasión específica, él estaba harto de su “asquerosa” situación actual… Y no se iba a quedar de brazos cruzados ante tal circunstancia.
– ¡Esto es injusto! – Reclamaba él. – ¡No permitiré que MI vida siga siendo un carnaval de desdicha! ¡Uno cuya patética entrada barata está a disposición mía todos los días! ¡TODOS-LOS-DÍAS! ¡Como una vista horrible desde mi ventana! ¡No lo soporto! ¡Vengo a pedir excusas! ¡Quiero soluciones! –
Voy a serles bastante franco con su plan. De alguna demencial manera, el pequeño Grodo había conseguido una entrada al vacío entre mundos (abierto solamente los jueves [tienen siglos de retrasos administrativos]). ¿Su objetivo? ¡El palacio de la construcción divina! La residencia de los encargados de hacer que el mundo tenga lógica y que el destino de todo ciudadano siga su senda; o o que es igual, una pequeña administración creada por los dioses para poder despegarse de los ínfimos problemas de los mortales y ganar más tiempo para sus fiestas galácticas.
Cuando Grodo se enteró de este lugar (gracias a un recorte de papel, que en algún momento perteneció al diario “Publi-cerdo”, que encontró en el solitario cajón de un mueble en medio de un gran desierto), se dio cuenta de lo que debía hacer.
Otros cerdos probablemente se quedarían frente a sus ventanas viendo la lluvia caer durante horas, preguntándose miserablemente una y otra vez: “¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me tocaron vecinos tan horribles?! ¡¡¡¿Por qué a mí?!!! ¡¡Buaaaaaaaa!!”. Pero Grodo no. Él no se iba a quedar durante horas filosofando, no es su fuerte; él no se rebajaría al pensamiento, sería inútil; él haría algo para solucionarlo. Grodo es práctico. Así que simplemente va a ir al palacio de la construcción a pedirles a sus burócratas que hagan que su “amado vecino” nunca haya existido… Sencillo.
– ¡Una decisión extrema, pero necesaria para la supervivencia de la especie cerdonia! – Declaró aquel cascarrabias. – ¡Es simplemente insoportable! ¡Por su césped mal mantenido! ¡Sus faroles sucios! ¡Su tejado mal pintado! ¡El olor a fritanga que sale todo el día por sus rechinantes puertas! ¡O simplemente su fea cara! ¡Alguien tiene que hacer algo por el bien común! ¡Y ese seré yo! – Habló, vociferó y se quejó el pequeño Grodo, mientras entraba por la puerta giratoria metafísica del establecimiento imposible.
Mas grande fue su sorpresa cuando, al mirar en el de interior de este, descubrió que… ¡Estaba vacío!
- ¡Qué pésimo servicio! ¡La inspección del trabajo debería darles una multa por aquesta falta de atención a sus renombrados contribuyentes! ¡Y eso que es un jueves! – Reclamó Grodo a todo pulmón.
Buscó por los cubículos de atención y por las salas de esperas, por los estudios y también por la cafetería, por los baños (que por algún motivo eran numerosos) y por las áreas de contabilidad, y nada. Todo el mundo había desaparecido.
– ¡Qué pésima administración! – Se quejó
Mas de repente vio una puerta nueva, una que no había visto antes. En un letrero desgastado, pero muy limpio, rezaba “Copiadora, NO entrar” en letras azuladas. Sólo GERDO sabrá qué podría significar.
– ¡Allí deben estar! ¡Escondiéndose de mi presencia! ¡Mis problemas de vecino finalmente habrán acabado y podré volver a leer las noticias en el periódico tranquilamente! - Clamó victoriosa e ingenuamente el cascarrabias.
Pero al entrar, lo que encontró fue una gran caída. Luego una luz verde segadora, un sonido mecánico como de poleas, y finalmente un golpe seco. Había sido expulsado al pasillo una vez más.
– ¡¿Qué clase de broma es esta?! – Estalló Grodo con furia, recuperándose de lo que sea que hubiese sido eso. – ¡Me rindo! ¡Aquí no hay nadie! ¡Hoy regresaré a mi casa derrotado! ¡Pero prometo destruirlos en mi blog de crítica! ¡Lo juro! – Y tras esto, se volteó, y caminó absolutamente ofendido hacia el exterior, soltando un vaho denso e insoportable de reclamos y palabrerías.
Para volver a casa, Grodo esperó en una parada de buses en medio de aquella blancura insondable. Tomó el primer expreso que se presentó, e inconmensurable fue su sorpresa cuando se percató de que el chofer de aquel bus, que en ese instante le estaba devolviendo el cambio mientras manejaba la destartalada máquina, tuviese un rostro tan familiar… Y guapo… ¡Y suyo!
– ¡Odio mi trabajo! ¡Pero bien! ¡Toma tu miserable vuelto! ¡Al menos úsalo para comprar algo mejor que otro pasaje! – Se quejó aquel conductor “bien parecido”.
– ¡QUUUUUUEEEEÉ! ¡Esto no es posible! ¡Tú no puedes ser yo! ¡Yo soy yo! ¡Y nadie más que yo puede ser yo! – Dijo yo.
– ¡Señor! ¡Deje de quejarse! ¡Algunos intentan viajar tranquilos! – Vociferó un segundo Grodo desde el primer asiento tapizado con fina lana de “Gala-de-pagos”.
– ¡¡¡¡O escuchar la más reciente ópera por la radio!!!! – Reclamó un tercer Grodo en la cuarta fila, acomodando una estantería de figurines de cristal junto a una radio incrustada de monedas con cara de Grodo.
– ¡O escuchar el bonito viento que se cuela por la ventana! – Protestó otro Grodo que sacaba su bien peinada cabeza por la ventana trasera del autobús.
– ¡O simplemente el silencio! – Gritó otro, completamente acallado por sus equivalentes.
– ¶O bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla blaa bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla blaa blaa bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla…§ –
¶Bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla blaa bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla bla bla bla blaa bla bla bla bla bla blaa blaa bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla blaaa bla bla bla bla bla bla bla blaaaaa bla bla bla§
En medio de la confusión de aquel autobús repleto de Grodos, nuestro protagonista se desmayó de la emoción.
– ¡Finalmente! ¡Un mundo donde todos me entienden! – Exclamó antes de dejarse caer sobre una poltrona finamente tapizada, mientras el expreso se alejaba en dirección desconocida.
FIN
STORMER
Nota al Editor:
Como sea, este pandemonio fue pronto descubierto por los que hacían el aseo del palacio cósmico y luego solucionado… Para gracia y fortuna de el resto de los habitantes del universo… Pero esa es otra historia.