Érase una vez: Reinaldo Lechuga
El cantor de sombrero pálido entró atrasado en el vestíbulo del viejo “Hotel Re-Delux-Pelux”, donde los más finos y adinerados señores lo esperaban para que comenzase su canción.
Mas mientras le damos un poco de tiempo al artista para que se prepare para cantar, les daré un poco mas de contexto de la escena.
El vestíbulo era imponente; estaba revestido de las más caras cortezas de árboles que el dinero pudiese talar, reforzado con clavos de oro que cada cierto tiempo solían desaparecer (todo apunta a los de limpieza); incluso la alfombra roja por la que desfilaban todas las opulentas celebridades que pudiesen costearse tan onerosa entrada, estaba hecha de “felpudo real de las Gala-de-pagos, trenzado a mano por los locales”, osea: IMPORTADA.
Todos los invitados se dirigieron hacia el teatro privado del hotel, cuyas butacas, además de oler bien (que es bastante decir para cualquier teatro), tenían los nombres de todos aquellos que compraron su boleto dorado recién bordado con hilo de diamante en el respaldo, obviamente escrito con una tipografía muy linda con abundantes serifas.
En el momento exacto en el que el último de los asistentes tomó asiento, tras pedir un tacho de palomitas del vendedor de la entrada, (quien las vendía “solo por esta noche” al “único precio al que aquella distinguida clientela compraría palomitas IMPORTADAS, sin jamás percatarse de su verdadera y preocupante procedencia NACIONAL”), comenzó la función.
El sobre dimensionado telón rojo, también importado de Gala-de-pagos, se abrió lentamente; revelando a aquella figura del sombrero blanco. Una vez más, con los reflectores puestos en él y con la orquesta lista para su interpretación, con el rasgar de un guitarrón comenzó a cantar:

¿Han escuchado la historia de Reinaldo Lechuga?
¡Quédense atentos, que hoy la escucharán!
En el país del que yo vengo,
tan bello en colores marengo.
Conocí a alguien de gran ambición,
una lechuga de buen verdor,
su historia se las cuento yo.
Publicistas convocó a cien
Y no menos preguntaron ¿qué?
¿Podría acertar el vegetal?
¿Qué tanto podría hacerlo mal,
que no pueda hacerlo el actual?
¡Lechuga para presidente!
Los titulares volaron.
¡Lechuga para presidente!
Declararon sin reparo.
¡Lechuga para presidente!
Lo vi, y yo no engaño.
Fue la sensación, sin mesura.
¿Para el puesto una verdura?
¡Qué escándalo y qué rareza!
¿No necesita una cabeza?
¿Aunque sea un ojo y oreja?
¡Para nada! Ni que los use.
¡Si con él los números suben!
Cuando en él todos bien confían,
podría ser mesa o cocina,
a nadie él engañaría.
¡Lechuga para presidente!
Los titulares volaron.
¡Lechuga para presidente!
Declararon sin reparo.
¡Lechuga para presidente!
Lo vi, y yo no engaño.
Ya llegó el día de elecciones,
donde él esperó sin temores.
En las urnas arrasó fuerte,
el lunes fue aquello solemne,
y el martes fue presidente.
¡Mas efímera fue su dicha!
Solo a su asesor culparía.
En la algarabía confundió
a su comida con su señor,
y así sin sal se lo almorzó...
¡No existe más el presidente!
Los titulares volaron.
¡Lechuga para presidente!
Lo comieron sin descaro.
¡Lechuga para presidente!
Lo vi, y yo no engaño.
FIN
STORMER