Érase una vez: El Decreto del Alcaldito
La caseta del periódico estaba llena… Pero no llena como en esas ocasiones cuando sacan una nueva y limitada edición de un cómic antiquísimo, por la que todo cerdo de buen gusto “mataría” por tener una copia para poder guardarla en su sótano durante años, para luego exhibirla como una especie de “rareza exclusiva”… ¡NO! El puestito estaba lleno por culpa del titular extremadamente alarmista y sobredimensionadamente expresivo que estaba siendo expuesto ese día en una de sus vidrieras ligeramente sucias:
“¡Nueva ley del alcalde! ¡Se paga impuesto por cana en la cabeza!”
Eso se podía leer en la portada del periódico “El Publi-cerdo”, impreso en enormes y flamantes letras rojas.
- ¿Canas en la cabeza? – Preguntó un incrédulo entre la multitud.
- ¡Debe ser alguna clase de metáfora! ¡A los de su especie les encanta las metáforas políticas! – Comentó una cerdita con un fino vestido entre la multitud.
- Mi pupsie tiene canas… ¿Tiene que pagar impuesto también o debo afeitarlo? – Dijo felizmente alguien entre toda es confusión.
- Che, que confusión la que a mis ojos ha de llegar, ¡que caos enorme! Que rareza del azar… - Trovó un cerdo de sombrero marfil.
- Mamá, ¡aún queda un boleto dorado! – Añadió un cerdito absolutamente desatinado y fuera de contexto.
Les explicaré un poco mejor.
Esa mañana, y después de tomar una gran taza de café, el alcalde de la ciudad (para los amigos “Alcaldito”) le dijo a su secretaria:
- ¡Clarís! Esta taza es muy pequeña… ¡Debemos conseguir una más grande! –
- No podemos señor… Las tazas grandes están reservadas exclusivamente para las personas mayores… Osea, VIEJAS… - Le respondió Clarís con su teléfono en la oreja, como de costumbre.
- ¡¿QUE?! Eso significa que… ¿No podré tomar mi cafecito deliciosito en una taza grande y calentita? – Musitó con tristeza el alcaldito.
- Lo lamento, Sr… Usted no es lo suficientemente anciano...- Le contestó Clarís con una fría y bizca expresión de indiferencia en su rostro.
- ¡Eso es absolutamente inaceptable! ¡Traiga el “Libro del los Decretos” y anote! – Proclamó el alcaldito furioso.
- P-pero Sr… El libro solo se puede ocupar si va a decretar algo… ¡Para siempre! – Retumba un trueno en un día soleado.
- ¡Tráigalo, Clarís… Tráigalo! – Respondió el alcalde, decidido y solemne.
A su oficina saltaron dos gerdos que cargaban el pesado “Libro de los Decretos“, sin demostrar dificultad ni fatiga alguna en moverlo con sus pequeños brazos.
- ¡El gimnasio funciona! – Aclaró uno de los brincadores, depositando el milenario libro “sagrado” frente al impaciente alcaldito.
Con el libro abierto ante él y con una pluma en la mano, el alcalde empezó a decretar, para el horror de Clarís...
“Decreto N°3245643: En respuesta a una necesidad pública de impostergable prioridad, y en concomitancia con el decreto número 839402, extracto 65, subpárrafo 7, estrofa 567, versículo 34 de la 4° edad del sol, y con la autoridad investida en mí por… Mí… Se decreta que queda absolutamente prohibido tener canas en mi ciudad; so pena de que, si alguien tuviese, deberá pagar hasta la última cana… En efectivo.”
- Señor… Entiendo que quiera colocar una ley, y que también quiera ejercer el poder absoluto que ostenta, pero… ¿En qué nos beneficiaría exactamente este decreto? - Preguntó Clarís, jugándose su empleo.
- Verás Clarís… Está todo planeado. Si se le empieza a cobrar a las personas por usar canas, la cantidad de personas que las ocupan bajará; y cuando eso pase, por lógica pura, la cantidad de viejos se verá reducida de forma inmediata, y en consecuencia, el mercado de tazas ENORMES de café tendrá que abrirse a nuevas clientelas o morir por falta de consumidores, y así me podré hacer con la taza extra grande que deseo… Y en el proceso ganamos fondos para ese jacuzzi para empleados municipales que llevaban meses pidiéndome.
- ¡Es todo un genio, señor! – Añadió Clarís, terminando el recuerdo actual.
Es por este motivo que la ciudad se convulsionó completamente… ¡Los periódicos rodaron! ¡Las ruedas de prensa… RODARON! ¡Los institutos geriátricos temblaron! ¡Y la economía… Se mantuvo…
¡Todos en la ciudad se enteraron del nuevo y alucinante decreto! Desde el niño más pequeño que seguía soñando contra toda probabilidad en encontrar un “boleto” dorado dentro de una barra de jabón, hasta el viejo más viejo que no sabía si estaba en su casa o en la cima de la montaña más cercana. (Nota extra: No estaba en su casa…)
¡Todos conocían la ley y su inmenso impuesto!
Pero nadie pagó… Ni un solo céntimo se desenfundó… Porque, como ustedes ya saben, ¡los cerdos son calvos! ¡Ninguno tiene canas! Y a las cerditas no se les pregunta esa clase de cosas… Son damas…
Por lo que, más que una gran añadidura a la gran biblioteca jurídica, el decreto fue más bien un gatopardismo legislativo que no tuvo más que un titular o dos…
Mas aún así, todos los ojos se posaron sobre las revistas de farándula, las cuales, con letras menos alarmistas que las de el “Publi-cerdo” pero con igual nivel de insidia e intriga, ponían en sus titulares lo siguiente, junto con una foto del alcalde:
“¿Su bigote no les parece muy blancuzco?"
(En otras noticias, la princesa dijo cosas poco burguesas sobre el vestido de su prima. Pág. 15)
Los rumores comenzaron a circular y a difundirse tan rápido como un gerdo saltando en una pradera cubierta de mantequilla… ¡Los rumores eran ciertos! ¡El alcaldito debía pagar su propia multa!
Pero en medio de la confusión, pasaría una “conveniente” tragedia que dejaría completamente anulada esta ley… Y otros cientos de ellas…
FIN
STORMER