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Érase una vez: Algodón de Relleno Sintético

Cerdo diciendo 'Hola'

Un protagonista feliz (y bizco) caminaba por el medio de la ciudad. Todos lo ignoraban, y a nadie le importaba realmente su presencia… ¡Igual que siempre!

Por ejemplo: El vendedor de corbatas, que solía ocupar una concurrida esquina como sala de ventas, dijo al NO ver a este específico transeúnte.

- Otro día común, vendiendo corbatas comunes, en esta completamente común esquina, dando precios comunes. – Comunicó el común vendedor, comúnmente.

Mas nadie sospecharía en ningún momento (incluso tal vez él...) de los fantabulosos poderes que se encontrarían bajo su mando… En menos de… ¡30 segundos!

- Uuuuuu… ¡Un cerdo común! ¡Qué suerte es encontrarse un cerdo común en estos días! - Le dijo a nuestro protagonista un transeúnte poco común, con un sombrero bycocket y una sonrisa sincera en el rostro.

- ¿Meh? – Respondió este, rodeado de muchos otros cerdos de igual aspecto.

- He venido a darte un regalo… Que solo puedes quedártelo tú… Si deseas recibirlo, debes prometer quererlo, cuidarlo, amarlo y sacarlo a pasear todo los viernes. – Añadió el transeúnte alegremente.

- No tengo idea de qué cosa es, o qué me estas regalando… Pero asumiré que no es un resfriado… Por lo que acepto… - Dijo nuestro bizco protagonista, sin siquiera encogerse de hombros.

El cerdo del sombrero bycocket levanto sus bracitos, los sacudió en frente de su cara y luego chasqueó.

- Listo, ahora puedes convertir todo lo que desees en algodón de relleno sintético… - El cerdo del sombrero bycocket anunció con alegría, para luego desaparecer sin dejar rastro.

- Yay. - Respondió nuestro protagonista, intentando pensar en TOOOOOOOOOODAS las utilidades que le podía otorgar su nuevo poder.

Lo primero que hizo, naturalmente, fue ir al banco… ¿Qué es lo que haría cualquier persona que tuviese el poder de convertir lo que tocase en algodón de relleno sintético? ¡Pedir un préstamo! Es lo más obvio.

Allí, la cerdita contadora que asistía a los clientes ansiosos de dinero lo atendió después de despachar a un cerdo con un peluquín que no dejaba de reclamar.

- ¿Por qué está aquí? ¿Cuál es su patrimonio? ¿Y qué garantías le daría a nuestra noble institución? – Preguntó ella sin consultarle siquiera su nombre (muchos saben que los nombres son solo “datos insignificantes” para los bancos).

- Quiero la tarjeta de “Kredito PLUS+”. ¿Mi patrimonio?… Supongo que las hermosas cascadas del parque nacional… ¿Y las garantías? Puedo convertir lo que toco en algodón de relleno sintético… - Respondió con orgullo el cerdo de sus habilidades/patrimonio recientemente adquirido. - Usted no preguntó. ¡Pero se lo diré de todas maneras! Con el dinero planeo comprar un cargamento completo de zapallos italianos… ¡Soy visionario y veo un nuevo producto! ¡Zapallos de algodón sintético! Se venderán como pan caliente… Pero en zapallo… -

La cerdita apenas lo miró, mientras anotaba con rapidez datos ininteligibles en un papel.

- Sr… Pobre, Sr… - La ejecutiva sacudió su cabeza con suavidad. - Necesitamos cosas que podamos quitarle si es que no nos paga… ¿De qué nos sirve que convierta cosas en algodón sintético si eso no garantiza la devolución de lo que le dimos, más intereses altísimos y porcentajes de subida extras? -

- ¡Pero si es grandioso! ¡Mire usted misma! – Nuestro protagonista miró a todos lados. - Em… ¿Me podría entregar algo que no fuese un cojín para poder demostrárselo? – Pidió él.

La cerdita sacó un cajón lleno de fajos de dinero. ¡Así es! ¡Decenas de fajos de dinero del tamaño de un ladrillo! (Aunque particularmente flacos para los estándares de los demás fajos en el banco por cierto). De entre todos, sacó el más pequeño y lo colocó frente a su “ya-no-tan-potencial-cliente”.

- ¡Vuélvete algodón de relleno sintético!¡ALGODÓOOOON! Algodoncito… ¡ALGODÓN! - El cerdo sostuvo el fajo en sus manos e hizo un par de maniobras mientras lo sostenía. La cerdita había milagrosamente levantado la mirada de su burocracia y lo miraba sin emoción.

- ¡Ve! ¡Funcionó!… Algodón. – El cerdo demostró su punto tirando el fajo al suelo, desde donde rebotó de vuelta a su mano. Luego lo apretó una y otra vez, enseñándosela a su estupefacta ejecutiva.

- ¡DIOS MÍO! ¡Esto acabará con nuestras finanzas! – Se alarmó la cerdita.

Un instante después, fue echado de una patada a la calle. El pavimento lo recibió como si fuera algodón.

Al siguiente lugar al que acudió fue al noticiero… Más específicamente, a la televisora.

- Si no puedo obtener dinero prestado para mis zapallos, supongo que tendré que trabajar… - Se dijo el cerdito entrando por la puerta del estudio de televisión.

Todos parecían vagar en todas direcciones al interior de aquel edificio, y de entre todos, el que merodeaba con más rapidez era un excéntrico promotor de shows de televisión, con su peluca afro y su traje dorado. Nuestro protagonista lo siguió, hasta que, más por aburrimiento que real interés, el promotor le atendió.

- Ahora… Pequeña estrellita… ¡Dime cuál es tu talento! ¡Dímelo! ¡Dímelo! - Gritó amenazadoramente el promotor, mientra firmaba 12 contratos sin mirar.

- Emmmm… Puedo convertir lo que toco en algodón de relleno sintético, señor… - El cerdo se vio un momento intimidado.

El promotor no se molesto en oírlo, ellos solo suelen escuchar lo que quieren oír, por lo que preguntó otra vez.

- ¿Puedes cantar? – Firmó un autógrafo.

- No, solo convierto lo que toco en algodón… -

- ¿Sabes bailar? – Se sacó una fotografía junto a Fancy Pants, que pasaba por ahí.

- No, solo convierto lo que toco en algodón… -

- ¿Puedes recitar diálogos complejos frente a una cámara de alta definición para que millones de espectadores juzguen cada una de las palabras que dices o erras? – Tomó un sorbo de fina agua certificada, tallada con forma de si mismo.

- No, solo convierto lo que toco en algodón… -

El promotor secó su cabeza con un pañuelo, miró su reloj y le dijo saliendo por una puerta que daba al set más cercano.

- Sr… No tengo tiempo para esta clase de diminuteces… Uno de los guardias lo acompañará a la salida… Buen día. – Terminó el promotor, dándole un portazo en la cara.

Un instante después, lo que parecía ser un cerdo de más de tres metros de altura lo arrojó directo a la calle como si fuera un avión de papel. El pavimento lo recibió como si fuera algodón una vez más.

El siguiente lugar al que el cerdo se dirigió fue al centro científico local… ¡Ya saben! El lugar donde las mentes más brillantes del mundo se golpean las cabezas incesantemente para poder descubrir interesantes descubrimientos (y en el proceso, determinar el origen de la jaqueca por traumatismo).

- Tal vez ellos me puedan dar dinero para mis zapallos si les muestro mis increíbles poderes… - Concluyó el cerdo brillantemente mientras se colaba por una ventana.

Dentro del establecimiento, un científico (y otros dos más) admiraban cuanto tiempo podía estar un pupsie en una secadora antes de vomitar...

- Jum, jum, jum… Interesante… - Musitó el primero.

- Intrigante… - Agregó el segundo.

- Destacable... - Sentenció el tercero.

- ¡¡¡WRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! – Aclaró el pupsie.

- Em… Hola… Vine aquí buscando dinero para comprar zapallos italianos… Por lo que quería preguntarles si les interesaría usar mis poderes mágicos de transformar las cosas en algodón de relleno sintético para hacer experimentos científicos. – Comentó el cerdito, evitando sentir mareos al observar al pupsie dar vueltas una y otra vez en el tambor giratorio.

Los científicos lo miraron como si estuviera loco, y con algo de asco, pensando que podría ser contagioso.

- Dijiste… ¿Poderes mágicos?… ¿“Poderes mágicos”? – Musitó el primero.

- La magia no existe… - Agregó el segundo.

- Quien sea que piense que existe, está mintiendo descaradamente… - Sentenció el tercero.

- ¡¡¡WRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!! – Aclaró el pupsie.

La conversación terminó cuando un cangrejo de tres pinzas del tamaño de un auto, que era la mascota de los científicos (y también una de sus creaciones), arrojó a nuestro protagonista por la misma ventana por la que entró directo a la calle. El pavimento lo recibió como si fuera algodón de nuevo.

Tras tantas vueltas y tanto revoloteo, el que fuera una vez un común cerdo caminó lejos de la común ciudad con un azadón poco común en la mano.

- ¡Esto es ridículo! Si nadie me quiere dar dinero para mis zapallos, ¡los cultivaré por mi cuenta! – Gritó mientras se alejaba, bajo la luz del sol poniente.

- La única desgracia, es que tardaré muuuucho en preparar la tierra… Las herramientas de algodón de relleno sintético nunca han sido conocidas por ser las mejores… -

Fin.

STORMER

Cerdos saltando en una calle de Algodón
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