Érase una vez: Una Abogada y su Peculiar Caso
Pigkua era una cerdita más brillante que el promedio (para sus simples 7 años de edad). Era capaz de calcular la cuadragésima potencia de la raíz de 453 en menos de 1 segundo, y le era sencillo razonar y filosofar sobre complejísimas obras de literatura, tras haberlas descifrado de antiguos idiomas que pocos han tenido el honor (o las meras ganas) de traducir.
Mas lo que realmente era su fascinación (casi al grado de una obsesión preocupante) es la vida marina y todo lo relacionado a esta.
No importaba el libro que le dieses sobre el tema, ella ya lo había leído. Conocía las corrientes oceánicas como su misma casa, y también sobre geografía antártica y ártica, como si fuese su propia cabellera, incluso le era familiar toda la fauna pelágica y abisal, tal como las razas de pupsies domésticos y salvajes al sujeto del emporio pupsie de la esquina... Pero sobre todo… Sabía demasiado de la contaminación oceánica… Ella leía y se horrorizaba al leer sobre este tema… Le parecía tan… Repugnante.
- Es horrible... – Se decía a si misma tras dejar el vigésimo tercer tomo del tratado “Contaminantes Acuáticos” por el profesor Annopax. - Cuando sea mayor… ¡Me encargaré de limpiar los océanos del mundo! ¡Quedarán relucientes y centellantes! – Se decía, con sus ojos chispeantes de ilusión.
Pasó el tiempo, y además de aprender mucho más sobre el mundo, el buceo y las formas más interesantes de reciclaje, crecieron sus ansias por ir a salvar la vida del mar de esa “apestosa contaminación” y las “destructivas redes de pesca”, bajo sus mismas palabras…
Un día, le comentó a sus adinerados padres que se uniría a un grupo de investigación para poder cumplir con su sueño. Todo padre suele preocuparse bastante cuando su única hija desea esa clase de cosas, a lo que ellos respondieron con un honesto:
¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿QUEEEEEEE
- No, no, no. – Negó su madre con negativa convicción; sacudiendo su cabeza con decisión. - ¡Eres una cerdita brillante, hija nuestra! La gente brillante no hace eso… Se encargan de hacer cosas más importantes, como… Pagarles a otros para que hagan esa clase de… Trivialidades sucias… O… -
- ¡Ganar más dinero! – Interrumpió su padre bizcamente, concordando con las palabras de su esposa.
- Oh, lo lamento… Prometo que no los decepcionaré... – Dijo Pigkua avergonzada y agachando la vista, mientras abandonaba esas ideas “ridículas”.
- Así se habla, hijita querida. ¡Ahora vamos a jugar bolos con fajos de dinero! – Respondió su madre con aprobación, e ignorando el tema en si.
Es por este motivo que, finalmente despreocupados por esas “ideas raras”, la inscribieron en la “universidad para gente con ingresos tan altos como su ego”. Allí, la pequeña Pigkua creció y aprendió exactamente lo que sus padres deseaban para su futuro... Abogacía… Durante 6 interminables años.
Ella cumplió la promesa que en fatídico día hiciera a sus padres, y se graduó con tantos honores que no existió un trofeo lo suficientemente pesado como para entregárselo a ella (coman eso, envidiosos compañeros de clase). Sin embargo, ella sabía que su mente vagaba hasta las costas cercanas, y su corazón se hundía en las profundidades incógnitas del océano profundo… Y en los pobres peces atrapados entre las líneas de pesca…
Pasaron los años y ella quedó atrapada en su propia “red de pesca”, la más difícil de romper que puede existir: “La sociedad”. Trabajaba como abogada de sol a sol, resolviendo los casos judiciales más interesantes-fantásticos-absurdos que pudieran existir; sabía todas las leyes existentes y cómo “evadirlas” legalmente. Ayudó a unos cerdos… Les cobró bajo a otros… ¡Les cobro muy alto a algunos que demandaban a otros por solo mirarlos en su peluquín! Y al poco tiempo, tenía más dinero del que sus propios padres combinados jamás podrían presumir.
Y cuando tienes mucho dinero, solo queda una cosa por hacer… Invertir en tu vejez…
Sí, claro… ¡¡¡¡GASTARLO!!!!
A su corta edad, la joven Pigkua tenía autos de carrera, deportivos y clásicos; créditos hipotecarios del tamaño de un hipopótamo pequeño (no era insensata); todas las reservas de último momento en restaurantes caros que pudiesen imaginar; y sobre todo… Propuestas de inversiones a largo plazo totalmente innecesarias con reembolso y rentabilidad garantizada absoluta… Porque cuando tienes dinero… Aparecen muchas de estas “increíbles oportunidades”… En conclusión, tenía de todo lo que quisiera… Y más...
Tan ahogada y obnubilada se encontraba en aquella red de brillantes lujos que había tejido a su alrededor, que olvidó por completo aquel noble juramento infantil que se hizo un día, con la ilusión viva de la inocente juventud…
Casi...
Era un extraño día de bruma matutina; ya los conocen, o al menos deberían, aquellos en los que se desdibuja la realidad haciéndola parecer un cuento desanimado.
Ella paseaba entre altos edificios corporativos; cosa rara, pues de sus múltiples automóviles, ninguno se dignó a moverse, y el transporte público estaba extrañamente abarrotado de vecinos gritones como para poder ser utilizado. En aquel inesperado paseo, se topó con un vagabundo de sombrero extraño…
- Un saludo, “Pigkua la cerdita oceánica”. ¿Cómo te ha ido con tu esperanzador plan? – Dijo aquel de voz profunda.
Ella lo ignoró en principio, absorta en su celular. Nadie hablaría con un vagabundo de sombrero extraño en medio de un banco de niebla… Suena insano…
El vagabundo la miró sin inmutarse, mientras la seguía.
- ¿Acaso no me recuerdas? – Ladeó ligeramente su cabeza, pero siguió impávido. – No me recuerda… ¡Soy yo, tu vendedor de libros! –
- ¡¿Eres quién?! – Exclamó ella sorprendida, levantando su cabeza por primera vez en años de su aparato electrónico, y observándolo un poco mejor, con dificultad para enfocar, pero con más atención que a nadie en demasiado tiempo. – Creo que me acuerdo de ti…. Viéndote más de cerca… A nadie se le olvidaría ese ridículo sombrero… -
Lejos de molestarse, el vendedor rió larga y profundamente.
- Eras una niña muy parlanchina… Una vez nos quedamos conversando toda una tarde acerca de tu afición… Los peces y el océano. – Pigkua observaba con curiosidad como el cerdo del sombrero hablaba. - ¡Cuán grande era tu plan para limpiar los mares! ¡Y supongo que ahora debe ser incluso más grande! ¡Coméntame! ¿Es complejo? ¿Cuántas fases tiene? ¡Quiero escuchar! –
- Yo, ya no… Emm… Yo no soy… Abogada, soy abogada… - Respondió ella algo confundida y bastante asombrada de que alguien recordase todo eso.
- Abogada… Hmmm… - El tipo del sombrero se apartó un paso de la otrora parlanchina. A ella le pareció que por un segundo su rostro se ensombrecía y enristecía, aunque fuera solo un atisbo. - Ya veo... Así que ellos te vencieron también a ti, ¿eh? -
- Pero… ¿A qué te refieres? ¡Soy una gran abogada! ¡Gano mucho contante! – Se repitió ella con aquella bien aprendida convicción, mirándolo con altivez.
El cerdo del sombrero no se inmutó. Dio media vuelta y comenzó a alejarse por donde había venido. Solo una vez volteó para ver a la “abogada” una última vez.
- Todos son grandes abogados, que ganan mucho dinero… A todos los convencieron de lo mismo… Espero que seas feliz con eso… -
Aquel misterioso desapareció entre la bruma matutina. Pigkua, ligeramente ofendida continuó con su trayecto; pero una sombra de duda comenzó a crecer en su interior, aunque ella no se diera cuenta.
Sus palabras habían marcado a fondo su espíritu… Resonaban una y otra vez en su cabeza… Se fue a trabajar… Pero tan metida estaba en sus pensamientos, que casi confunde a su cliente (al cerdo, no al pupsie), con el fiscal del caso (al pupsie, no al cerdo)… Tan distraída en sus dubitaciones estaba que por poco encarcela a un ladrón de joyas por una sentencia de 70 años en lugar de la asignada de 700 años… Tan desconcertada estaba que incluso confundió la crema de batir con… Pollo arvejado enlatado… Y por fortuna logró apartar su incredulidad por un segundo para reconocer su auto en el estacionamiento, porque si no hubiese sido así, se hubiese ido a pie...
Al final del día volvió a su exclusiva mansión. Intentó renegar de sus pensamientos, acabando con su incesante presencia viendo la televisión… Solo para terminar cediendo, bajando al subsuelo para recordar viejos tiempos junto a sus libros de mares y océanos, que largo tiempo había tenido ocultos en cajas apolilladas en el sótano.
- ¡¿Tanto he cambiado?! – Se cuestionó al terminar de leer el vigésimo tercer tomo del tratado “Contaminantes Acuáticos” por el profesor Annopax. - ¡¿Qué me pasó?! ¡¿Cómo termine así?! -
Con paso lento y desanimado, turbada por insesantes pensamientos, volvió a su recámara y se arrojó sobre su camita llena de cómodos cojines…
- ¿Soy una mentira? ¿Esto es realmente lo que quiero? ¿Cómo sé que puedo hacer lo que me hace feliz? ¿En serio quiero volver a resolver esos ridículos casos judiciales? ¿Qué valor real tiene todo lo que me rodea en comparación a lo que quiero? ¿Y si yo… ¿Y si pudiera… Yo puedo… -
Pigkua se quedó dormida tranquilamente, sabiendo exactamente lo que debía hacer.
Continuará...
STORMER