Once upon a time: IN THE SKY WHERE IMAGINATION IS THE SOLE LIMIT OF THE GREAT GERPIGS!
Have you ever heard about the floating city of Gerpig? No? The magical utopia where the Great Gerpigs dwell incomprehensible and merry, dancing eternally ancient dances, to the sound of angelic musics from ineffable orchestras... I'm not even a little close? But if all gerpig of good heart and noble heritage knows the legend! Such a pity... Then bring a soda and three kilos of spreadable butter and take a sit, for the tale is about to begin:
It's been told that before sliced bread, battery radios and the muck in the corners of every house came into existence, the Great Gerpigs descended (of one sole jump) from the unreachable quasars to an undetermined, cold and forsaken world; and with them, they brought 'The Creation'. Using their unfathomable intellect (and their tiny arms) they developed complex and inimaginable machines, capable of transforming the planet and make it visually more pleasant to our primitive common eyes. With an hydraulic jack of a thousand miles of height, they arose and sank mountains and hollows as if they were a late model convertible's seat; with sublime laser beams to the then warm arctic they turned into an icy wasteland, when destroying the only thermic lamp that provided it with heat and shelter; they invented humidifiers which would fill the seas, so mortal fish don't turn into dehydratated croquettes; finalmente repararon el timer del horno del núcleo planetario, recreando en el ecuador del globo el desierto primigenio del mundo (aunque el doble de árido); y al terminar, instalaron focos de 20W en las alturas, tan lejos y arriba que ni siquiera el más habilidoso de ellos pudiera alcanzarlos, creando en el proceso las estrellas… Luego… Descansaron… Aunque esto no ha sido corroborado por expertos; lo que sí ha sido absolutamente confirmado, es que, usando hongos extraídos del pie de un cerdo galáctico (especies exóticas que habitan en el universo profundo) crearon los bosques, las plantas, y los vegetales que hoy en día consumimos felizmente en ensaladas o praderas.
Pero… Si tan grandiosos y magníficos ellos eran… ¿Dónde están ahora? ¿Y a dónde se han ido?
Bueno. Después de siglos de creaciones fantásticas y excentricidades como la lechuga morada o el cierre centralizado, terminaron de perfeccionar la última y más grandiosa de sus invenciones “La Crema Batida”. Tras ello, decidieron desaparecer del ojo público; ya saben, como lo hacen todas las celebridades después de sus años dorados de espectáculos. Así que, ocupando metales extraños, cantidades industriales de helio gaseoso y conjuros misteriosos que solamente ellos entendían, concluyeron su morada última (nombrada en honor a un pupsie amigo suyo, aunque no lo parezca): “Gerdo”.
Una utopía atlantiana donde todos los gerdos son libres de las amenazas de las águilas y lejos de las ridiculeces extravagantes de los cerdos. Sus edificios altos y blancos brillaban con el reflejo de la luz en sus ventanas de colores que sólo ellos pueden ver; con cada salto en sus calles esmeraldas, los adoquínes emitían una música sublime e ininteligible al ritmo de luces en armonía celestial; el aire sabía y olía a pradera con rocío matutino y las señalizaciones enviaban a tu mente el sabor de caramelos y chocolates maravillosos que jamás podrías probar otra vez… Eso sin considerar todos los beneficios socio-estructurales que brindaba la administración: ¿Filas para ser atendido? ¡Aquí no encontrarás! ¿Trastes que lavar? ¡Aquí se lavan al pedírselos! ¿Quieres crema batida o goma de mascar? ¡Aquí los hidrantes los proveen sin costo a tu bolsillo! ¿Problemas para aparcar? ¡Aparca donde quieras, no habrán parquímetros! ¿Tarea de la escuela? ¡Jamás se inventó la escuela!
Flotando eternamente sobre los delicados brazos de vientos susurrantes, en la tenue línea que separa la comprensión de la conciencia, apartado de los ojos codiciosos y celosos del rey águila y al son de dichosas canciones e indescifrables cánticos que resuenan por toda la ciudad, aquella urbe de beatitud infinita permanecerá inmutable por los siglos de los siglos; mientras sus moradores se divierten y admiran su creación hasta el fin de los tiempos y más allá.
Hasta entonces, nosotros, los gerdos comunes, tenemos el sagrado deber de continuar saltando; felices, en agradecimiento por los dones que ellos nos han otorgado, buscando incansables y siempre fieles la clave que los Grandes Gerdos nos dejaron para alcanzarlos, mientras ellos esperan pacientemente nuestro retorno.
FIN
STORMER